Léxico familiar

La Señora C. era muy mayor, tan mayor que incluso mis abuelas hablaban de ella como de una persona anciana. Era alta, elegante y guapísima, siempre vestida de negro y de gris, a juego con su pelo liso, más gris que negro, y con su delantal blanquísimo.

Su casa ya no existe: sus nietos la vendieron y en su lugar se encuentra ahora un palacete de pisos con carpintería de aluminio y plazas de aparcamiento privadas. Pero, cuando yo era pequeña, había un portal de madera que daba al patio, un patio enorme con un pozo en el centro y macetas de flores, un lemonero, naranjos, un albaricoque, varios gatos, lagartijas y jasmines. El patio siempre estaba inhundado de luz, mientras la casa era fresca y sombría.

Mi madre, mi abuela, mis tías, yo y varias primas y primos íbamos a visitar a la Señora C. (que era nuestra tía, de todas nosotras, incluso de la abuela, y esto no dejaba de asombrarme) en los domingos de verano, después de la playa, de la ducha y de esas comidas multitudinarias en las que los pequeños charlábamos y reíamos tanto que terminábamos por olvidarnos de comer. Después del café, cuando la brisa del mar empezaba a soplar tierra adentro y el calor se hacía más aguantable, una de las tías sacaba un paquete de pasteles de la nevera y anunciaba: “Vamos a saludar a la Tía C. ¿Venís?”

Íbamos caminando, en hila india, por el lado sombrío de la acera. Mi madre y su hermana abrían el pesado portal de madera, que nunca se cerraba con llave, y entrábamos en el jardín:

“¡Oh Tía C.! ¡Hemos llegado!” Anunciaba en voz alta mi abuela.

“¡Sì, sì! Os he oído! Pasad! Pasad!” Contestaba otra voz desde la casa.

Después de tanto sol, la sombra de la sala de estar casi me daba vértigo. La señora C. nos besaba a todos, nos invitaba a sentarnos y ponía el paquete de pasteles sobre la mesa, dónde ya estaban listas las tacitas para el café. Los pequeños nos poníamos todos sentados en una arca de madera, de esas grandes donde antiguamente se guardaban los ajuares de novia, y, mientras esperaba que saliera el café, la señora C. nos interrogaba:

“¿Qué habéis hecho en la playa? Ah, bien, tú has nadado… ¿Quién nada más rápido entre vosotros? ¿habéis pescado algo? Ah, fantástico, habéis cazado un pulpo! Y luego se ha escapado… pues, muy bien para el pulpo, entonces.”

Pronto salía el café, lo servía en las tazas a los mayores y a los peques nos ofrecía galletas de pasas y almendras.

“Y ahora, niñas y niños, ¡FUERA! No os quiero ver sentados al lado de vuestras madres escuchando cotilleos. ¡Fuera! ¡Fuera! Podéis jugar por toda la casa y el en patio, pero sobre todo ¡no os quedéis aquí escuchando bobadas!”

Nosotros reíamos y ella hacía el ademán de ir a buscar la escoba para echarnos:

“Fuera todos! Hay albaricoques maduros, si os atrevéis a subir al arbol. Y creo que los gatitos de la Rosa por fin han abierto los ojos. Pero sobretodo que no os pille aquí en la sombra escuchando cotilleos, que os viene la piel de monja!”

La “piel de monja”, lisa, blanquecina y sin arrugas, es el castigo de los que se quedan sentados en la sombra hablando de los demás y nunca utilizan su cuerpo para atreverse a vivir su propia vida.

La señora C., orgullosa de su belleza de abuela muy muy mayor, de sus plantas, de sus gatos, de sus infinitos sobrinos y nietos y de su larguísima vida de trabajo y desafíos, nos miraba de reojo desde la ventana, tomándose el café.